TIEMPO LIBRE
Sábado, 18 Octubre 2014

Por: Isabel Calderón Reyes Fotografías: Camilo Rozo

Ilustrador autodidacta, creador de personajes entrañables, titiritero, lector incansable, amante de los animales. El último ganador del premio SM de Literatura Infantil y Juvenil está lleno de sensibilidad y buen tono.

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Un pequeño chigüiro está listo para ir a la playa. Trae puesto un sombrero y en la mano lleva un flotador redondo. Una chiva muy colorida, con un mico al volante, pasa por su lado y él se sube. Por el camino, recogen a una gallina. Luego, una piedra pincha el neumático de la chiva y los tres animalitos se bajan preocupados. Discuten hasta que al chigüiro se le ocurre una idea que salva el paseo: quita la llanta agujereada y en su lugar pone el flotador que llevaba a la playa.

Esta historia se le ocurrió al ilustrador y escritor colombiano Ivar Da Coll. ¡Y la contó sin usar ninguna palabra! Chigüiro viaja en chiva es un libro de imágenes dirigido al público infantil y publicado por primera vez en 1985. No es el único: hace parte de una serie protagonizada por ese roedor con el que los niños latinoamericanos se han encariñado desde hace décadas. Quienes nacieron en los años ochenta y conocieron a Chigüiro cuando eran pequeños ahora son padres y leen a sus niños esas historias que a ellos les leyeron en la cuna.

Hijo de un italiano y una colombiana con ascendencia sueca, Ivar Da Coll nació en Bogotá en 1962. Es un amante de los animales, dibuja ocho horas al día y los niños lo adoran. Quizá es porque en sus libros los personajes se enfrentan a situaciones cotidianas de la infancia, como el miedo a los monstruos, la alegría de celebrar un cumpleaños o la llegada de un hermanito a la familia. En el año 2000, Da Coll fue nominado al Premio Hans Christian Andersen, conocido como “el Nobel de la literatura infantil”, y algunos libros suyos han estado en la Lista de Honor de la IBBY (International Board on Books for Young People). Poco antes de que esta revista entrara en la imprenta, Ivar recibió el prestigioso premio SM de Literatura Infantil y Juvenil, quizá el más importante del género en el ámbito hispanoamericano.

 

Invítanos al lugar donde empezó todo: tu cuna. ¿Qué te leían cuando eras pequeño?

Mi mamá siempre fue una gran lectora y recuerdo que nos leía mucho. Sobre todo, los clásicos: eran libros muy grandes, de pasta dura, con las historias de Hans Christian Andersen y Charles Perrault. Otras veces llegaban a sus manos algunos libros raros, porque alguien los traía de otro país... Me acuerdo de un cuento sueco, que tenía unos dibujos muy graciosos y contaba la historia de unos niños que empiezan a pintar figuras y las figuras cobran vida; resulta que una de ellas es un león y los quiere atrapar... entonces, ellos dibujan una jaula y lo encierran.

 

¿Qué cuentos pedías que te leyeran una y otra vez?

Uno era “La vendedora de cerillos”, porque me parecía muy impresionante. Y “El patito feo” me gustaba mucho, por supuesto. También me encantaban algunas partes de “El soldadito de plomo”, pero otras no.

 

¿Y cuándo empezaste a dibujar?

Siempre dibujé mucho, desde pequeño. Recuerdo que mi papá me compraba cuadernos y lápices de colores. A él no le gustaba darnos dinero fácil; nosotros le pedíamos plata y él nos la daba, pero siempre a cambio de algo. Como él veía que a mí me gustaba dibujar, me proponía que hiciera dibujos y si a él le gustaban me premiaba con dinero para comprar más materiales.

 

Cuando estabas en el colegio entraste a trabajar a una compañía de títeres. Cuéntanos sobre esa experiencia.

Mi papá se murió cuando yo tenía 11 años. En ese momento, me uní al Teatro de Títeres Cocoliche. Julia Rodríguez, que era mi profesora en el colegio, dirigía el grupo y me ofreció un entrenamiento remunerado. Ahí me empecé a formar en actuación, diseño de personajes y de escenografías. Aprendí a fabricar los títeres y a resolver todo tipo de problemas. Hacíamos programas de televisión y éramos muy profesionales.

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¿Y también allí aprendiste a crear historias?

La verdad es que yo no me inventaba las historias. A veces Julia escribía los libretos y en otras ocasiones usaba toda la literatura infantil y juvenil que llegaba a Colombia en esa época. Gracias a eso me pude acercar a autores alemanes, norteamericanos, ingleses, italianos... Y no solo escritores: también vi el trabajo de muchos ilustradores. Así que la experiencia me permitió adquirir un gran bagaje y acercarme a la literatura infantil desde otra perspectiva.

 

Tu biografía dice que fuiste un ilustrador autodidacta...

Sí, y a la literatura infantil yo llegué por accidente, por el camino de los títeres. Cuando joven, yo quería estudiar Bellas Artes en la universidad. Y la primera vez que me presenté, pasé la prueba de talento pero no pasé el examen de conocimientos. Me tuve que presentar una segunda vez y ahí sí entré. Pero yo tenía la idea de que estudiar Bellas Artes sería menos rígido. Yo no iba con la idea de no hacer nada, no creas. Pero tampoco quería hacer planas. Y allá me pusieron a hacer planas, dibujo técnico y cosas muy tiesas. Entonces hice un semestre y me retiré.

 

¿Y cómo llegaste al oficio de la ilustración?

Con un texto escolar. Lo primero que hice fueron las ilustraciones para un libro de texto. ¡Y no me gustó mi trabajo! Me pareció que tenía que mejorar mucho... Pero me empecé a interesar en el oficio y pronto apareció la oportunidad de crear el Chigüiro.

 

¿Cómo nació Chigüiro?

La editorial Norma, donde estaba Silvia Castrillón, me encargó esa serie. Pero antes de eso yo ya me había acercado a los chigüiros. Todo empezó con un alimento llamado Calcetose, que era como un Milo pero más pulverizado. Cuando empezaron a salir al mercado varios productos similares, que a los niños les gustaban más, los fabricantes se preocuparon un poco y se les ocurrió una estrategia de mercadeo que consistía en hacer unos mini libros y pegarlos a los empaques de Calcetose. Los protagonistas de esos libritos iban a ser el chigüiro, el tucán y otros animales en vía de extinción. El proyecto no prosperó pero yo ya había hecho bocetos de Chigüiro y se los presenté a la editorial Norma.

 

"Los adultos suelen hablar de los niños con un tono arrogante y con distancia. Pero yo siempre los veo como iguales. Y me parece que un autor de literatura infantil debe pasar tiempo con los niños".

 

Y cuando hiciste los primeros bocetos, ¿habías visto chigüiros de carne y hueso?

No, en ese entonces el chigüiro era un animal en vía de extinción y todavía no existían los criaderos. Tuve que conformarme con las cuatro o cinco fotos que había. No era fácil encontrar material gráfico; busqué en enciclopedias, en el Inderena conseguí algunas fotos... y me pareció divino el animalito. Además me hablaron muy bien de él, me contaron que era dócil, que se podía domesticar, y a mí me encantó.

 

¿Y qué características le atribuiste tú al dibujarlo?

Bueno, yo quería que fuera tierno, peludito y muy simpático. Quería que cuando los niños lo vieran sintieran lo que yo había sentido cuando me hablaron por primera vez de él. Obviamente era mi primer libro y hacer un personaje en secuencia que se repite en veinte páginas es algo muy difícil. A mi Chigüiro le criticaron que se veía un poco tieso... Pero ahí está.

 

Muchos de los personajes que has creado son animales. ¿Siempre has tenido mascotas?

Sí, toda la vida he querido mucho a los animales. En la época de Chigüiro yo vivía con una gata que adoraba, llamada Sara. Es muy interesante porque la comunicación que uno tiene con los animales es distinta a la que tiene con las personas. Eso hace que la relación sea muy emotiva, muy personal y muy perceptiva.

 

Hacer libros sin palabras, solo con imágenes, debe ser muy difícil para alguien que está acostumbrado al lenguaje verbal. Es de suponer que la relación con tus mascotas debió aportarle mucho a tus primeros trabajos...

Claro que sí. ¿Y sabes qué más me sirvió mucho? El oficio de titiritero en el que me había entrenado. Aprendí que entre menos gestos usa el títere para manifestar sus emociones, es más intenso lo que transmite. Por lo general, cuando la gente piensa en títeres se imagina un muñeco que se zangolotea. Pero Julia nos enseñó lo contrario: a cuidar cada gesto pequeño de los muñecos. Y ese aprendizaje me acompaña siempre.

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Años después de esos primeros Chigüiros, publicaste otros libros con el mismo personaje pero con una gran diferencia: ya no eran álbumes de imágenes, sino que tenían texto. ¿Por qué decidiste poner palabras en la boca de un personaje que había sido mudo?

En la editorial me pidieron que lo hiciera. Les parecía que podía ser interesante poner al Chigüiro a hablar. La verdad, fue muy complicado. ¡Al principio escribí unos ladrillos terribles! Y las pobres editoras de Norma no sabían qué hacer porque yo insistía en que sí me gustaba lo que había escrito y ellas necesitaban algo más sencillo. Hasta que Verónica Uribe, con quien ya había trabajado en Ediciones Ekaré, en Venezuela, se sentó conmigo y me explicó que mis textos no funcionaban porque eran demasiado intelectuales para los niños. Me sirvió mucho lo que me dijo; salí de la reunión, me puse a caminar y se me ocurrieron dos historias: Chigüiro se va y Chigüiro, Abo y Ata.

 

Tengo miedo es uno de los primeros libros que escribiste (antes de los Chigüiros con texto) y cuenta la historia de un pequeño gato que no se puede dormir porque le dan pavor los monstruos. ¿Cómo te acercaste al tema de los temores de los niños, las pesadillas y los monstruos?

Cuando escribí Tengo miedo tenía 22 años y era muy tímido. Me daba pánico hablar con la gente y me quedaba mudo en las reuniones. Con frecuencia me consolaba pensando que las personas extrovertidas, a las que no les da miedo hablar, deben tener otros temores. Por eso, en el libro, Ananías le explica a Eusebio que esos monstruos espantosos que a él lo trasnochan le temen a la luz, odian la sopa, tienen que lavarse los dientes... Al enterarse de estas cosas, Eusebio logra dormir tranquilo. Mi forma de escribir la puedo explicar así: tomo aquello que a mí, como adulto, me afecta emocionalmente, ya sea porque me produce alegría o tristeza, y trato de contarlo de la manera más sencilla. Creo que en Tengo miedo eso es claro.

(Ver: Sanar a través de la literatura).

 

Tu libro ¡Azúcar! cuenta a los niños la historia de Celia Cruz.¿Por qué decidiste emprender este proyecto?

Antes de ¡Azúcar! escribí e ilustré El Día de Muertos, sobre la tradición mexicana de hacer altares a los muertos. Y el libro de Celia Cruz sigue la misma línea: en ambos casos me interesó tomar manifestaciones culturales muy populares que estaban mejor apropiadas por los adultos y contarlas a los niños. Yo había visto muchas entrevistas a Celia Cruz y me parecía un ser tan encantador y tan sencillo que dije: su historia hay que contarla.

 

"A la literatura infantil yo llegué por accidente, por el camino de los títeres".

 

¿Te gusta pasar tiempo con los niños?

Sí, voy a muchos encuentros con niños. Y cada vez me gusta más y cada vez tengo mejor comunicación con ellos. Me parece que los adultos suelen hablar de los niños con un tono arrogante y con distancia. Pero yo siempre los veo como iguales. Y me parece que un autor de literatura infantil debe pasar tiempo con los niños; a diferencia de otros autores, creo que es un requisito importantísimo para escribir e ilustrar. Además, esto puede sonar cursi pero los niños me emocionan de una forma en que jamás podrán emocionarme los adultos.

 

¿Qué cosas divertidas o emocionantes te han sucedido en encuentros con tus lectores?

Bueno, muchísimas. Al principio, los niños hacen preguntas sobre los libros; sobre las historias o los personajes que llamaron su atención. Pero después, cuando entran en confianza, se vuelven curiosos, chismosos, y quieren saberlo todo sobre mi vida: me preguntan si estoy casado, cuántos hijos tengo o cosas por el estilo. Algo que también me conmueve es que cuando les leo mis cuentos siempre hay dos o tres que se los saben de memoria y los van recitando mientras leo.

 

En los últimos diez años han salido nuevas versiones de los primeros libros que escribiste. ¿Cómo te sientes con el trabajo de reeditar tus propias obras?

He estado muy contento. Por un lado, el trabajo con la editorial Babel me ha dejado muy satisfecho. Pero además creo que vale la pena corregir y reescribir los libros. Hay personas que dicen: lo que ya hice, ya quedó así. Pero si uno puede ofrecer una obra mejor y dirigida con más respeto a su público, ¿por qué no hacerlo? Ahora, lo malo de eso es que hay muchos libros nuevos que tengo en la cabeza y que quiero hacer... y a veces, por estar reeditando los viejos, no me queda tiempo para los nuevos.

 

¿Qué te gusta más: el papel y el lápiz o el dibujo digital?

Ahora estoy dibujando todo en digital. No es que me guste más, o lo prefiera, pero sí me facilita las cosas. Dibujar en digital te permite equivocarte más o, por lo menos, si sientes que te estás equivocando, te permite devolverte. Y se pueden hacer las mismas cosas que se hacen en papel.

 

Esta entrevista empezó contigo en la cuna y con una madre que te leía los clásicos. Para cerrar, cuéntanos qué te gusta leer ahora en tu tiempo libre.

Lo que más gusta es leer novelas. Y la novela clásica me interesa especialmente. Aunque les he metido el diente a muchos autores contemporáneos, creo que disfruto más leyendo a Dickens o a Proust. Todavía encuentro más claves para el trabajo y para mi vida en los clásicos.

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