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Por: Natalie López Valencia Fotografías: Camilo Rozo

Esta cantante y compositora colombiana ha hecho su carrera lejos de las disqueras y los grandes medios, lo que le ha permitido conservar la libertad que requiere para ser ella misma.

 

Una voz dulce y aguda. 

Antes de hablar, Marta Gómez trató de cantar. Amó la música desde la cuna, y sus padres tuvieron la sensibilidad necesaria para percibir en la pequeña esa semillita que necesitaba un terreno fértil para crecer. Por ello la inscribieron en un colegio musical. A sus cuatro años ya cantaba los solos en el coro y enamoraba a los adultos con su voz dulce y aguda. Llegó a molestarle que todo el tiempo le pidieran que cantara, pero luego comprendió que cantar no era solo su oficio, sino su identidad: “Yo soy una cantora, incluso cuando no canto, pienso en canto”.

En el coro recibió la formación de la maestra Florencia Rengifo, a quien recuerda con agradecimiento. Al terminar el bachillerato, esta caleña de nacimiento viajó a Bogotá a estudiar música en la Universidad Javeriana. Buscando conocer más profundamente la música popular, se fue para el Berklee College of Music de Boston, cuyo programa de jazz le llamó la atención. Lo logró gracias a una beca que ganó. Tenía en ese entonces 19 años.

Antes de graduarse Magna Cum Laude en 2002, Marta recibió el premio de composición Alex Ulanowsky por su bambuco “Confesión”, la primera canción que compuso cuando llegó a Boston. En 2005 recibió una nominación a los premios Billboard de la música latina en la categoría Jazz Latino junto a Paco de Lucía, Gonzalo Rubalcaba y Néstor Torres. Su quinta producción, Musiquita, estuvo entre los diez mejores discos del género world music de los European World Music Charts por varias semanas, y en 2014 ganó el Latin Grammy en la categoría a Mejor Álbum Tradicional Infantil con su producción discográfica Marta Gómez & Friends.

Después de diez años en Estados Unidos Marta se mudó a Barcelona, huyendo de los ritmos de vida agitados que no se acoplaban a su compás. Hoy dice que está perdidamente enamorada de la ciudad catalana.

 

¿Cómo ha sido vivir en el extranjero?

Ha sido bonito en mi caso porque soy una privilegiada, no es el caso de la mayoría de colombianos que se van del país. He tenido la suerte de que no me fui perseguida u obligada por la situación, eso me diferencia de mucha gente. Vivir fuera te vuelve muy tolerante. Cuando vuelvo a Colombia a veces me choco con cosas como el clasismo, el racismo y la homofobia. Vivir fuera te abre a ser amigo del pobre, del rico, del negro, del blanco, del israelí, del árabe. 

Es difícil porque uno extraña, uno no se siente de ningún lugar. Sin embargo yo me siento muy latinoamericana. Cuando uno sale de su país pasa a pertenecer al grupo de los inmigrantes, y los latinoamericanos nos terminamos uniendo siempre. Uno empieza a crear una identidad con todos esos rasgos: yo me siento muy andina, soy de la montaña, amo el clima frío, los ríos y el verde, amo el café caliente y el pan recién horneado, soy alegre, pero nostálgica.

 

Mi música es sencilla y me siento muy orgullosa de ello. No hay nada más difícil y a la vez más bonito que ser simple. Yo no hablo ni compongo con palabras raras, no uso ritmos complejos, no me gusta la gente que toca virtuosamente sin tener nada que decir.

 

En su música la tristeza comulga con la dulzura...

Eso lo hacemos mucho los colombianos y es especialmente una cualidad femenina. Nuestras mamás, abuelas y bisabuelas sufrieron y sufren mucho, hay una injusticia permanente sobre la mujer. Nosotras ahora votamos y trabajamos, yo puedo darme el lujo de estar aquí mientras mi esposo está con mi hijo, pero antes estas mujeres parían muchas veces incluso sin quererlo, y a pesar de todo uno no las veía llorando. Estas mujeres estaban cocinando, cantando, hay fortaleza en la tristeza y dulzura en el dolor.

 

Supongo que ha podido trabajar esos temas y esos registros de su música porque ha estado alejada de los circuitos comerciales... ¿Cómo es vivir como músico independiente?

Se vive de ser músico independiente, pero es una decisión que tiene que ver con tu vida. Es decir, si yo tuviera ambiciones económicas grandes no podría. Vivo con poco, me gusta tomarme un café al día, nunca tenemos vacaciones porque no necesitamos escapar de ninguna realidad, no tengo carro, mi hijo va al colegio y al hospital público... Si tienes claro que eso es lo que quieres, es maravilloso porque tienes muchas libertades. Una disquera no te va dejar escoger cuántos discos sacar al año, y es una delicia vestir y comer lo que uno quiera. Eso sí, toca trabajar mucho, afortunadamente en Berklee te preparan para vivir de la música, te enseñan a monetizar tus canciones.

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Más allá de su vida profesional, ¿cómo vive la música en sus espacios cotidianos?

Canto todo el día. Cuando mi hijo era bebé y lloraba yo lo calmaba con mi canto. Era una salvación. Y pensaba: “¿Cómo hace la gente que no le canta a su bebé?”. Hay que cantar así no cantes bien, seas afinada o no, porque las noches en las que un niño no se duerme son eternas. Las canciones de cuna son también para uno, son un bálsamo, son la forma como las mamás o quien sea que arrullen al niño, se conectan con él. Es una meditación. Durante muchos años los médicos desaconsejaron el contacto entre la mamá y el bebé, decían: “el niño tiene que independizarse, dormir solo”, y se estaba perdiendo la canción de cuna. Es maravilloso que con la nueva crianza estemos amamantando, abrazando y cantándole a nuestros bebés.

 

¿Cuál es la diferencia entre cantarle a un niño y a un adulto? ¿Existe esa diferencia?

Yo pienso que no debería haber diferencia y esa es mi propuesta. Por ejemplo, en una canción para adultos cantaría sobre un inmigrante, y en una canción para niños hablaría de un caracol; las palabras son diferentes, pero en esencia es lo mismo: es un ser que sale de su tierra con la casa a cuestas, que se siente solo en el camino. Pienso que un niño está preparado para escuchar de todo; yo trato de que sean canciones alegres, pero también les hablo de lo difícil que es ser papá, de lo largas que son las noches cuando no se duermen, de lo duro que es separarse de la pareja, porque cuando nace un bebé se rompe un poco la relación porque las prioridades cambian. Trato de que los niños entiendan y valoren eso.

 

¿Qué ha significado para usted ser mamá?

Ser mamá te cambia la vida absolutamente, siempre te lo dicen pero nunca lo sabes a ciencia cierta hasta que lo eres. Yo no había vivido el dolor antes, y con un bebé desde que estás embarazada sientes dolor: parir duele, amamantar duele, entonces todo esto me ha conectado con una parte femenina que no conocía y a la que le cantaba: a las madres, al dolor, al miedo, al sufrimiento y a la alegría por supuesto; ser madre me ha hecho más humana. Sin mi esposo no podría haberlo hecho.

 

Hay que cantar así no cantes bien, seas afinada o no, porque las noches en las que un niño no se duerme son eternas. Las canciones de cuna son también para uno, son un bálsamo, son la forma como las mamás o quien sea que arrullen al niño, se conectan con él. Es una meditación.

 

¿Y la lactancia?

Dar leche es lo más increíble que me ha pasado como ser humano. En el hospital donde di a luz me pusieron al bebé en el vientre y él solito, como un canguro, subió hasta la teta, el proceso se demoró aproximadamente una hora, fue algo increíble. A Alejandro lo amamanté durante tres años, y los primeros nueve meses lo alimenté solamente con leche materna. Saber que un niño está vivo solo con teta te da poder como mujer. Yo no juzgo a las mamás que no lo hacen, pero en mi caso fue una experiencia tan bonita, una conexión tan increíble, que hasta ahora mi hijo que tiene cuatro años y medio se duerme cada noche acurrucado en mi pecho, sé que él se siente en calma y yo siento una conexión hacia lo más animalito de él.

 

Ahora que menciona a su hijo, a su esposo... ¿cómo es su rutina? ¿Cómo vive una cantante colombiana independiente en España?

Tengo dos vidas. En Barcelona me dedico a ser mamá y ama de casa. Me encanta cocinar, hago yoga en las mañanas y voy al gimnasio. Tengo una pasión secreta que se llama zumba, mis amigos se ríen de mí por eso, me dicen: “toda una cantautora, folclórica, y después bailando reggaeton...”. Pero nunca he sido de entrenar en una máquina, me gusta estar con las señoras y ver cómo nos movemos muertas de la risa. La bicicleta era mi medio de transporte hasta que descubrí la patineta, la mía tiene una plataforma para mi hijo y vamos los dos con nuestro casco por toda la ciudad. Siempre estoy leyendo, viendo películas; me gusta mucho la danza, el arte, la pintura. Es la forma de nutrirme.

Cuando estoy de gira hay un cambio total: soy una mujer de negocios. Me levanto, caliento la voz, atiendo prensa, hago pruebas de sonido o ensayos, en fin. Son dos mundos paralelos. Uno de mis ritualitos cuando viajo es escribirle diarios a mi hijo, ya llevo tres. En ellos le cuento todo lo cotidiano que pasa y que después uno olvida, las palabras que me dice, las cosas que hace por primera vez, lo que opino de una película o de un libro que leí.

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La oigo decir “ritualitos”... En su música usa muchas palabras en diminutivo. ¿Por qué?

Yo hablo todo en diminutivo. Dicen que cuando uno usa un diminutivo le está restando importancia a la palabra, pero para mí es todo lo contrario. En el campo a un doctor los campesinos le dicen doctorcito, es respetuoso y al tiempo genera cercanía. Tengo una amiga cubana, Gema Corredera, una gran cantante, que siempre me decía que usaba muchos diminutivos. Y un día me preguntó “¿cómo le vas a poner al disco? ¿Musiquita?”. Y le respondí: “Bueno, sí”, y así le puse a uno de mis discos.

 

Hay otra palabra que me causa mucha curiosidad en una de sus canciones: torcacita, que es un ave. ¿Por qué la utilizó? ¿Se identifica?

La utilicé por mi abuelo: el sueño de todo niño es poder tocar un pájaro, pero nunca se dejan, y uno de los recuerdos más fuertes que tengo de mi abuelo es que podía coger las torcacitas en la mano, no sé cómo. Además, las palomas y las torcazas son el símbolo del canto. Violeta Parra dibujaba y le cantaba mucho a las palomas.

 

La canción dedicada a su abuelo, “Almita mía”, otro diminutivo...

Mi abuelo era un hombre guapo, de ojos azules, pelo rubio, alto, muy gracioso y muy coqueto. Tenía muchos dichos, siempre nos decía “con mañita”. Era la palabra que lo identificaba, y cuando compuse la canción estaba pensando en él, en mí, en la ausencia, en los desamores, y pensé: “bueno, con mañita”.

 

Tiene un trabajo llamado El corazón y el sombrero, inspirado en la obra de Federico García Lorca. ¿Qué le llamó la atención de él?

Su sencillez. Es un folclorista, es como un cantautor del campo, un Atahualpa Yupanqui. Nunca me hubiera esperado a Lorca así, complejo dentro de una sencillez, tan fácil de leer.

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De hecho, la sencillez es una huella característica de su música, y no por ello quiero decir que sea simple...

Sí, mi música es sencilla y me siento muy orgullosa de ello. No hay nada más difícil y a la vez más bonito que ser simple. Yo no hablo ni compongo con palabras raras, no uso ritmos complejos, no me gusta la gente que toca virtuosamente sin tener nada que decir. En el silencio es donde más se escucha, en una nota bien cantada, en una palabra bien dicha. Por ejemplo, no hay nada más sencillo que la música de Violeta Parra, y ha traspasado fronteras.

 

Una canción suya, “Para la guerra nada”, también ha traspasado fronteras. ¿Existe alguna razón específica que la haya llevado a componerla?

Detesto que los gobiernos busquen justificaciones sociales o religiosas cuando lo que buscan con las guerras es dinero y poder. Por los días en que compuse la canción estaba delicada la situación entre Israel y Palestina, me dolía ver las imágenes de Palestina destruida y no poder entender ni detener nada.

Me dediqué a investigar y encontré que el ejército israelí se enorgullecía de los inventos para la guerra, entre ellos una cúpula de hierro capaz de detectar misiles en el aire y destruirlos antes de que lleguen a tierra. Pensé en cuántos cerebros trabajarían y cuánto tiempo dedicarían a inventar algo así. Tiempo después vi una obra del Cirque du Soleil que iniciaba con un niño elevando una cometa, y pensé lo mismo: cuántas horas habrán estudiado el viento, la física, los materiales para crear una cometa, que no tiene un fin aparente más que hacer feliz a un niño. De ahí surgió la canción, se la canté a mi compañero Julio Serna y él me sugirió enviarla a amigos músicos para que la completaran. Nunca imaginamos que sería la voz de tantos que pensamos lo mismo y que estamos hartos de la guerra.

 

¿Qué es para usted el bienestar?

Como mujer, a menudo me sorprendo juzgándome por no tener el peso que nos han inculcado como ideal, que es otra forma de violencia contra la mujer. El bienestar es poder vivir dentro de un cuerpo que le permita a uno hacer lo que quiera y por ello le estoy agradecida, lo cuido lo más que puedo y lo alimento sanamente. Pero de nada sirve eso si no me siento feliz y amada, y todo eso empieza por uno. Bienestar es sentirse enamorado de lo que uno es, amarse honestamente. Yo amo mi voz, me gusta escucharme al cantar y cómo la gente lo disfruta. Amo mi cuerpo con sus infinitas imperfecciones porque cada marca de celulitis me recuerda los deliciosos croissants de chocolate que me he comido; amo mis pechos caídos y disparejos porque con ellos alimenté a mi hijo.

 

Entonces, como dice una de sus canciones, ¿solo es vivir y ya está?

Sí, sólo es vivir y ya está. ¡Con todo lo que esto implica!  

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Video realizado con la colaboración de Andrea Melo Tobón, periodista de Bacánika.

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