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Por: María Gabriela Méndez Fotografías: Camilo Rozo

Esta artista y antropóloga combina ambas disciplinas en obras de arte que honran la memoria de las víctimas del conflicto armado en Colombia. 

 

Todos los días, durante ocho años, la señora sirve el desayuno, el almuerzo y la comida para el hijo que no está. Una mujer descose la almohada para guardar dentro la camisa del hijo asesinado. Una viuda lava y plancha en cada aniversario de bodas la prenda que usó su esposo ese día. A una familia se le prohíbe llorar al muerto: los victimarios destruyen la urna y dejan una sentencia que solo añade dolor al dolor: “A un perro no se le llora”.

Erika Diettes (Cali, 1978) viajó por el país para recoger esas y otras atrocidades, anotó en su libreta datos, sensaciones, lugares. Transformó ese duelo en arte: hizo fotos de las prendas de los desaparecidos sumergidas en agua, las imprimió sobre cristal para mostrar que los ríos de Colombia son grandes cementerios. A esa serie la llamó Río abajo. Fotografió a los buitres con el pico ensangrentado, que con su presencia en la cercanía de los ríos anuncian la llegada de un cadáver, y la tituló A punta de sangre. Detuvo con su cámara el instante más álgido de la narración de 20 mujeres que fueron obligadas a presenciar la tortura de sus seres amados, imprimió esas imágenes en seda en gran formato y a esa obra la llamó Sudarios. Reunió objetos de víctimas, que le donaron algunos familiares, e hizo Relicarios, una obra a la que le ha dedicado los últimos cinco años.

 

La primera exposición fue tímidamente con 50 velas y terminó siendo un acto simbólico en diferentes catedrales con 800 velas. Se terminaba con una oración, no porque yo lo sugiriera, sino porque la gente lo hacía espontáneamente. Este peregrinaje me dio la noción de lo que estaba significando esta obra para la gente.

 

Hasta hoy ha recogido 400 testimonios de víctimas del conflicto armado, el punto donde confluye toda su obra como fotógrafa y artista, que parece tejida sutilmente una a la otra. Sus oídos no se han acostumbrado a la infamia y al horror: “Cuando pensaba que ya me habían contado lo más cruel, lo más horrible, que esa era la historia más dura, siempre había una peor. Terminaba preguntándome ¿cómo es posible? Es como visitar el infierno, hay un nivel de crueldad que no deja de sorprenderme”.

Diettes conoce el duelo pero también la inmensa fortaleza de la gente que aun perdiéndolo todo quiere reconstruir su vida y seguir adelante. Así, el dolor representado en lo fotográfico, lo escultórico, se convierte en una exposición, en un libro, en un acto simbólico. El duelo encuentra conexión en muchos públicos. La obra de Erika Diettes se ha expuesto en Australia, México, Estados Unidos, Polonia, Argentina, España, Chile, República Dominicana y Brasil, entre otros. En septiembre próximo se abre una muestra de su trabajo en el Museo Rayo, en Roldanillo, y en el Museo de Antioquia se expondrá en noviembre de 2016.

Supo que quería ser fotógrafa cuando se mudó con su familia a Washington y se enfrentó a la imposibilidad de comunicarse en inglés: “Que me quitaran las palabras me obligó a pensar en imágenes”. Desde entonces no pasa un día sin que tome fotos. Así empezó esta historia. 

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Decidirse a los 15 años por la fotografía fue un acto de terquedad...

Cuando le dije a mi mamá “quiero ser fotógrafa”, ella me apoyó. De hecho, me regaló mi primera cámara, una muy buena para la época, con la que hice incluso mi primer libro: Silencios. Para mi papá era muy importante que me graduara de una universidad. Eso implicaba una exigencia adicional, porque en esa época no se estudiaba fotografía como una carrera, como existe hoy.

 

¿Qué fue lo más duro de esa decisión?

El acto de terquedad fue insistir en que yo quería fotografía, por eso tomé muchísimos cursos, incluso en paralelo a la universidad, porque la carrera a la que ingresé fue Artes Visuales, que acababan de fundar. En paralelo estudié Comunicación Social. Al final, mi camino ha estado marcado por haber estudiado Artes Visuales: mi obra pasa por la fotografía, la escultura y la instalación.

 

¿Algún fotógrafo la marcó en esos años de formación?

Miré muchísimo a Richard Avedon, me intrigaba su manejo del retrato, la intensidad de los personajes... Posteriormente me empezó a gustar muchísimo Diane Arbus, que es una fotógrafa que te plantea preguntas con respecto a la condición humana. Nan Goldin es otra que investigué. Yo estudié mucho laboratorio, también una parte que disfruté de mis primeros años de fotografía fue el cuarto oscuro y el revelado, y Ansel Adams sigue siendo un referente si haces blanco y negro, como técnica que sigue siendo hoy fascinante.

 

¿Y le hace falta esa parte de la fotografía?

No. Yo creo que fueron unos años maravillosos, lo disfruté muchísimo, revelaba mis películas, había fascinación por el cuarto oscuro y por ese lenguaje. Pienso que hoy día hay herramientas diferentes que facilitan ciertas cosas, hay una evolución a nivel técnico que no me hace extrañar el cuarto oscuro en el sentido de que puedes lograr la misma imagen de una manera diferente. Sería como seguir escribiendo en máquina de escribir habiendo computador.

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Río abajo. Instalación: Parroquia Nuestra Señora de Las Nieves.
Bogotá. Junio de 2014
Foto: Paula Alvarado

 

En su obra hay un hilo conductor, desde Silencios hasta Relicarios. Hay puntos en común, conexiones, un discurso. ¿Cuál fue el hecho disparador de todo ese proceso que aún no termina?

Mis imágenes siempre estuvieron ligadas a alguna historia de un ser humano, cicatrices, duelos, enfermedades, pero viene de un contexto. A mí me marca mucho el primer cáncer que le da a mi madre, que fue justo después de la muerte de mi tío.

 

¿Qué significó el asesinato de su tío? ¿Fue definitivo para iniciar ese proceso en su obra?

No sé si hubiera cambiado en algo si no hubieran matado a mi tío, o si mi padre no fuera general de la Policía. La muerte de mi tío no solo afectó mi forma de hacer arte, sino que nos quebró la vida familiar, porque era el hermano mayor de mi mamá y para ella fue un duelo muy fuerte. Lo que nos marcó a nosotras como hijas fue esa madre en un duelo profundo. Posterior a Silencios hice un tríptico que titulé Quebrado, que son las imágenes del noticiero proyectadas en el espacio donde nos enteramos de la noticia del asesinato. De ese trabajo surgió el libro Noticia al aire... Memoria en vivo. Cuando entro a la maestría en Antropología Social es donde empiezo a formular en palabras eso que estaba viviendo. A mí me pasó a los 17 años este cruce con la violencia, y a partir de ahí empecé a pensar que posiblemente fue eso lo que hizo que mirara estos temas. No sé, es una hipótesis.

 

¿Su obra se convierte en una parte sanadora del duelo? ¿Ayuda a las víctimas a superar el dolor?

Cuando empiezo a exponer la obra en las regiones (Río abajo viajó por 18 municipios), a llevar la obra a los familiares, la sorpresa fue infinita. La primera exposición fue tímidamente con 50 velas y terminó siendo un acto simbólico en diferentes catedrales con 800 velas. Se terminaba con una oración, no porque yo lo sugiriera, sino porque la gente lo hacía espontáneamente. Este peregrinaje me dio la noción de lo que estaba significando esta obra para la gente. Fue elevar, honrar esas memorias en un libro, en una exposición. Eso la gente lo valora muchísimo. Es una forma de volver digna esa memoria.

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Sudarios. Intalación: Museo Iglesia Santa Clara.
Bogotá. Mayo de 2012. Archivo de la artista.

 

Su obra saca esas historias de duelo del ámbito privado...

Es un duelo que es forzosamente privado. Una de las grandes tragedias de la historia reciente en Colombia es que se han negado los ritos fúnebres. Lo complicado de la desaparición forzada es que no solo te pone en esa incertidumbre absoluta, sino que se impone un duelo que te obligan a hacer privado, un “duelo suspendido”, como lo llama Ileana Diéguez. Un duelo que no empieza es un duelo que no va a poder terminar. Que el duelo sea privado es parte de la infamia y la crueldad de este conflicto armado. En ese momento es donde yo conozco el poder inmenso que tiene el arte. Elevarlo a una imagen bella, a una catedral, donde la gente guarda respeto. La idea es dignificar.

 

¿Por eso decidió apoyar sus entrevistas con una terapeuta?

Conducir una entrevista de la profundidad y de la manera que se hicieron las entrevistas para Sudarios no es algo que se pueda hacer sin la herramienta completamente profesionalizada. No puedes sentar a un personaje, interrogarlo, sin saber cómo hacer el cierre correcto de esas preguntas, de las emociones que despiertan esas preguntas. Hay que hacerlo con responsabilidad. La socióloga Nadis Londoño, experta en el manejo del duelo, condujo las entrevistas de Sudarios, teniendo claro lo que buscábamos: el instante en que la persona recuerda el momento en que asesinaron a su ser amado. Yo estaba allí de una manera muy silenciosa, atenta a capturar ese instante. Para esas 20 fotos no hice más de 50 disparos.

 

En su trabajo hay intención de búsqueda de justicia. ¿Le gusta que su obra sea vista como una forma de denunciar una realidad que no queremos ver?

No fue mi intención al principio, y eso es algo que siempre repito. El tema de toda la carga de denuncia lo aprendo en el camino. Río abajo se inscribe en un momento muy específico del país, en 2007, y pues sabemos el contexto político de esa época. Sin intuirlo, era supremamente subversiva: hablar de los desaparecidos cuando no se podía hablar de ellos, representar lo que no tenía un lugar en el mundo de lo visible, nombrar sin nombrar. Era un momento riesgoso para los familiares que me entregaron prendas, porque algunos seguían amenazados. Entonces descubrí todas las capas de miedo, de injusticia. Saber que estas imágenes iban a ser la única tumba posible para esa madre que me entrega la prenda de su hijo asesinado, lo más valioso que tiene. Luego entendí la necesidad de hacer la exposición en las regiones con los familiares. Ha estado en contacto con estas historias y testimonios tan duros de sufrimiento.

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Sudarios. Iglesia de San José

 

¿Cree posible la reconciliación, la disposición de sanar, de mirar al futuro, perdonar? ¿Cómo lo ve?

Es muy complicada la pregunta. He escuchado uno a uno 400 testimonios, de principio a fin. Sí, hay un deseo por un país mejor, diferente. Sin duda. Las personas con las que he hablado parten de que ya lo han perdido todo, algunas no uno sino tres hijos, el esposo, los padres. Yo insisto en que Colombia es un país en duelo. Creo que debemos entender el duelo como una prioridad, que esos procesos tienen que trabajarse mucho más. Reconciliarse, perdonar como proceso político será una cosa, pero como proceso personal, en el círculo familiar, es otra, y es muy respetable si la decisión de ellos es no apoyar el proceso político. La gente quiere seguir y reconstruir su vida. Lo primero es reconocer que lo que le pasó es injusto, irreconciliable, imperdonable, no para seguir en una guerra constante, sino para seguir adelante. Insisto en que no estoy hablando desde lo político, sino desde lo psicológico.

 

¿Cómo es vivir con esas historias tan perturbadoras?

Yo trabajo con todo esto para poder hacer una imagen con una función. Que mi forma de contar, mi manera de hacer imágenes, sea validada por los dolientes como una forma valiente posible de representar sus historias es un honor y solo tengo gratitud. Como artista es invaluable el inmenso voto de confianza que se está poniendo en mi trabajo. Es lo que hace que la historia de dolor no se quede contigo. Por supuesto que te modifica, te cambia, no hay una distancia posible que puedas tomar.

 

Ha trabajado mucho el tema del luto, el dolor, el duelo, la memoria. ¿Se ha planteado trabajar otros temas o es un proceso mucho más largo que no ha terminado, ahora que el fin del conflicto con las Farc parece más cercano?

No sé qué obra siga, trato siempre de vivir el período de cada trabajo: el período del agua que fue Río abajo, el período del aire que fue Sudarios, que es una obra supremamente asociada con el aire, es una obra que es viento, que se mueve. Relicarios es una obra completamente anclada, es una obra dura, como de la tierra, que tiene un carácter diferente a las anteriores. Yo procuro no anticiparme. No creo que de la noche a la mañana el tema vaya a cambiar; la muerte y el duelo han sido mi tema de estudio, entonces desde ahí planteo mi propuesta. 

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